El Maestro llega cuando el Alumno está preparado... y de la forma más inesperada...

Autor

Carlos Caballero
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La historia que os voy a contar ha sucedido muy reciéntemente en mi familia y es un claro ejemplo de cómo recibimos al maestro cuando estamos preparados, preparados para recibir ese aprendizaje, muchas veces en forma de experiencia. Y muchas veces el maestro llega en un momento inesperado y en una forma nada prevista.

El enfrentarse al dolor de la pérdida que provoca la muerte de un ser querido es, posiblemente de las experiencias más difíciles a superar. Ese dolor está formado por la suma de la pérdida, el no poder volver a estar con ese ser querido, y de la frustración al no poder hacer nada para remediarlo. Asumir que la vida siempre acaba con la muerte, ese es un reto en sí mismo. Entender que, aun sin saber por qué, hemos de asumir la muerte como un paso necesario para la vida. 

La historia habla de R. y de cómo quiso amar y acabó sufriendo de amor. R pasaba una larga temporada fuera de casa, añorando a su familia y a quienes llevaban tiempo formando parte de ella: sus animales. R un amante y defensor de los animales, influído ampliamente y desde pequeño por su madre. Siempre había vivido en su compañía: perros, gatos, hamsters... incluso en una ocasión tuvo hasta una especie de iguana, pero la experiencia no fue del todo buena, que se lo pregunten a su dedo...

R se planteó llevarse a su gatito del alma, pero decidió que no quería hacer pasar el trauma que supone un cambio temporal de hogar en un gato adulto. Y tampoco quería que estuviera sólo, acostumbrado a estar con otros felinos. Así que pensó que lo mejor era adoptar a un gatito en una protectora. Y tomó la decisión.

Nada más conocerse, Wolfy y R se escogieron. Era un gatito precioso, peludo, de color negro... y, sobretodo, era un ser muy especial: cariñoso, dispuesto a dar y recibir amor y compañía. Así que R decidió adoptarlo y, tras pasar todo el proceso -desde mi punto de vista demasiado largo y costoso económicamente-, se lo llevó a casa.

El primer momento fue algo angustioso, ya que al llegar Wolfy a su nueva casa, se escondió en un rincón del mueble del calentador de agua de la cocina... y R temía por si le pasaba algo. Pero poco a poco Wolfy fue cogiendo confianza y salía de vez en cuando, a "inspeccionar" el nuevo territorio. 

La mamá de R se había encargado de comprar por internet todo lo necesario para la acogida más cómoda posible de Wolfy: el arenero, un mueble-rascador para gatos, comedero, etc. etc. Y R lo tenía todo dispuesto: agua limpia, el mejor pienso, el arenero para que hiciera sus cosas...

Día a día se fue iniciando la relación entre los dos y muy pronto se pudo ver que esta era especial. Al poco, Wolfy ya le recibía maullando a su llegada a casa, jugaban juntos, dormían muy cerquita el uno del otro. Se convirtieron rápidamente en compañeros de piso, compañeros de vida.

Pero quiso la mala fortuna que Wolfy enfermara; desde el principio había mostrado ser un gato algo delicado, necesitando pequeños tratamientos por problemas digestivos, o por un simple catarro. En una ocasión que R volvía durante unos días a casa, no quiso dejarlo sólo y lo llevó; no dejó de cuidarlo ni un momento, dándoles sus medicinas y prodigándole cariño y mimos. 

A los pocos meses, Wolfy tuvo una recaída: no comía, maullaba de dolor. El veterinario dio malas noticias: presentaba la sintomatología de una grave enfermedad de difícil curación. Entonces, se inició una retahila de visitas al veterinario, incluso con alguna que otra intervención y hospitalización. Al enorme dolor de ver sufrir a Wolfy se sumaba el miedo a que no se curara. Y todo ello provocaba que R dejara de lado sus estudios, motivo por el que vivía fuera de casa, y se complicara su situación económica por los ingentes gastos en veterinario y medicinas.

Pero todo parecía poco para R si podía curar a Wolfy y evitarle sufrir. Aunque nada presagiaba un desenlace positivo: la enfermedad corría implacable por su cuerpo, afectándole a los pulmones, los riñones, el hígado. Parece mentira como la naturaleza que es tan sabia, permitía que un ser tan maravilloso sufriera tanto y fuera acercándose su final de esa forma tan dolorosa y prematura.

Hace pocos días, el veterinario le confirmó que nada había que hacer, que el sufrimiento del animal era inevitable y que la opción más inteligente era sedarlo y provocarle la eutanasia. Entonces, R debió enfrentarse a la decisión más difícil de su vida. Por un lado, el inmenso amor por Wolfy le pedía estar con él, mantenerlo a su lado y seguir compartiendo momentos de felicidad. Por otro lado, también ese inmenso amor le pedía no verle sufrir, acabar con su enfermedad de una forma serena. 

Ayer R tomó la decisión y acompañó a su amado compañero en sus últimos instantes, con caricias y mimos, como siempre le gustará a Wolfy ser recordado. Wolfy dejó de existir en este mundo físico, pero, como no puede ser de otra forma, permanecerá para siempre en el corazón y la mente de R. 

Wolfy ha sido un gran maestro para R. No sólo le ha enseñado lo que es el amor incondicional -que de eso ya sabía mucho R-, sino que le ha enseñado a enfrentarse a una de las situaciones más difíciles de su vida. No es la primera vez que R se ha tenido que enfrentar a la muerte de un ser querido, pero sí ha sido la primera vez que ha debido decidir: un minuto más a su lado o un minuto menos de sufrimiento.

Y creo que R ha aprendido, ha demostrado estar a la altura, o más alto todavía: ha aprendido a cuidar, a luchar por alguien que quieres, a sobrellevar un dolor inmenso y a decidir entre el amor de tener o el amor de dar. Ha aprendido una enorme lección que todos deberemos vivir tarde o temprano: a Amar sin condiciones por encima de nuestro propio Ego.

Enhorabuena, R y deseo que nunca olvides a Wolfy y su gran lección. Nosotros, quienes te queremos tampoco lo olvidaremos: ha sido un gran maestro para todos.

 

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